Tinto
El día se vuelve tinto cuando la tarde baja la voz. No es solo el color del vino ni el tono que deja el sol al caer: es una forma de caminar. En Coín, el asfalto todavía guarda el calor del mediodía y los senderos empiezan a oler a tierra fresca. Camino despacio. Las piernas agradecen el ritmo justo, ese que no apura ni abandona. El cuerpo aprende algo simple: avanzar sin exigirse también es avanzar. El tinto aparece sin ceremonia. Puede ser una copa breve en una mesa pequeña o apenas un recuerdo en la boca. No importa. Lo que importa es el pulso que marca: pausa, conversación, respiración. El paso se acomoda a esa cadencia y la ciudad se vuelve más amable. Las calles dejan de ser tránsito y pasan a ser relato. Hay un tinto en la mirada cuando uno observa fachadas gastadas, puertas que conocen demasiadas historias, sombras que se estiran como si también caminaran. El sendero urbano no siempre está pintado: a veces se intuye. Y cuando se intuye, se respeta...