Caminatas de a Dos
Caminatas de a Dos
Entre el asfalto y el sendero, hay pasos que se dan de a dos.
Caminar por la ciudad es una costumbre que muchas veces hacemos en soledad. Pero hay algo distinto cuando los pies van emparejados. A veces no hace falta hablar. Basta con mirar una vidriera, esquivar un pozo o ceder el paso al mismo tiempo. Estar juntos , en ese sentido, no es solo un estado civil: es una coreografía urbana.
Hay parejas que llevan décadas caminando juntas. Se reconocen por la sincronía: ella alza la vista justo cuando él señala una cornisa; él cambia el paso cuando ella se cansa. No necesitan mapas: la ciudad se hace común, y lo que era rutina se transforma en un sendero compartido.
Pero también están los que se unieron con la idea del otro, no con su andar real. Caminan juntos, pero en calles paralelas. Se frenan en las esquinas de decisiones que no tomaron a tiempo. En esos casos, la caminata revela lo que los cafés silencian.
Caminar con alguien es, a veces, más revelador que hablar. ¿Quién marca el ritmo? ¿Quién se detiene a mirar? ¿Quién esquiva, quién espera, quién se adelanta? Unirse es eso: aceptar caminar con otro, incluso cuando el asfalto esté roto o el sendero se vuelva empinado.
En esta ciudad donde todo apura, salir a caminar de la mano puede ser un acto de resistencia. Elegir cada día dar un paso más al lado del otro, aun cuando duelan los pies o el tiempo haya cambiado el paisaje.
Porque el verdadero compromiso no siempre está en los papeles, sino en seguir caminando juntos, incluso cuando el camino se vuelva cuesta arriba.


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